Sala UNI, Madrid — 3 de octubre de 2026 – Javier Gamo
Aviador Dro sigue combinando provocación, humor y reflexión tecnológica, sin renunciar a esa estética de ciencia ficción que los convirtió en una rareza dentro de la música española.
En los años ochenta, los videojuegos se cargaban desde cintas de casete, Mazinger Z era nuestro referente de robótica avanzada y Godzilla encarnaba los temores de una sociedad fascinada por la energía nuclear. Internet era una extravagancia académica y la inteligencia artificial pertenecía al universo de Isaac Asimov, Philip K. Dick y las películas de serie B.
En aquel panorama, unos tipos vestidos con monos de trabajo, gafas futuristas y nombres tecno-científicos decidieron que el rock necesitaba una actualización de software. Había nacido Aviador Dro y sus Obreros Especializados, una anomalía musical que proponía sustituir las guitarras por sintetizadores y las viejas revoluciones por una mutación tecnológica de la especie humana.

Foto: Ignacio Rodríguez Rosillo (IRR2)
Más de cuatro décadas después, la madrileña sala UNI acogió el inicio de la nueva gira de la banda, con la presentación de su sencillo El día de la IA. Sala llena, lejos del mainstream, con un público intergeneracional, donde veteranos del vinilo y la cinta de casete compartíamos espacio con jóvenes que se sabían las canciones tan bien como sus padres. Transmisión generacional del código fuente del tecnopop español.
Sobre el escenario, los cuatro operarios supervivientes de la factoría Dro: Servando Carballar (Biovac-N), Marta Cervera (Arcoiris), Alejandro Sacristán (CTA 102) y Mario Gil (Genocider F-15). Sintetizadores, secuencias electrónicas, ritmos industriales y consignas futuristas para una maquinaria que, pese a su veteranía, sigue funcionando sin necesidad de actualizar el firmware.
El sonido resultó más que aceptable para las dimensiones de la sala, aunque se echó de menos una mayor presencia de los teclados y sintes que la banda recuperó durante su gira del 40 aniversario. Aquella exhibición de arqueología tecnológica tenía un encanto especial, como si los instrumentos hubiesen renacido del laboratorio del profesor Bacterio.
Quien no necesita ninguna actualización de hardware es Mario Gil, cuya energía frente a los teclados sigue siendo uno de los grandes atractivos del directo. Sus movimientos mecánicos y sus poses de autómata hacen que uno espere la pantalla con el mensaje «INSERT COIN» para que Mario comience a desplazarse al ritmo de una partida de Space Invaders.

Foto: Ignacio Rodríguez Rosillo (IRR2)
Rosemary y Láser abrieron las puertas del laboratorio, mientras Ucrania en llamas recordaba que algunas pesadillas del siglo XX siguen obstinadamente instaladas en el XXI. Con Néstor el cyborg regresamos a las peleas de robots propias de los episodios de Mazinger. Lo que entonces parecía ciencia ficción se ha convertido en realidad, con implantes neuronales, interfaces cerebro-máquina, prótesis biónicas y olimpiadas de robots. La ciudad en movimiento, Amor industrial y Programa en espiral mantuvieron en marcha la maquinaria. Durante esta última, CTA 102 lanzaba desde el escenario discos con forma de espiral, transformando la sala en una peculiar lluvia de objetos volantes identificados. Una de esas ocurrencias tan características de Aviador Dro, capaces de mezclar la estética industrial con el espíritu juguetón de los viejos salones recreativos.
Cuando sonó El día de la IA, el nuevo sencillo de la banda, se confirmaba la predicción que la banda lleva haciendo desde hace más de cuarenta años: la relación entre humanos y máquinas, la automatización o los límites de la inteligencia artificial, que en los ochenta parecía extraído de Blade Runner o 2001: Una odisea del espacio, hoy forma parte de nuestra conversación cotidiana.
Otro de los temas nuevos, El principio del fin, fue uno de los momentos más interesantes del repertorio, momento en que CTA 102 aprovechó para recuperar una de sus tradiciones más entrañables: el lanzamiento de sus habituales panfletos, pequeñas proclamas futuristas distribuidas entre el público. Una forma analógica de propagar la revolución digital.
Telepatía, Baila la guerra, Vortex y HAL 9000 nos devolvieron al imaginario de distopías, conflictos mecanizados y ordenadores omnipotentes. Aquel inquietante ojo rojo que Stanley Kubrick convirtió en símbolo de una inteligencia artificial aparentemente infalible resulta hoy menos fantástico de lo que nos gustaría reconocer, aunque a veces igual de temible.

Foto: Ignacio Rodríguez Rosillo (IRR2)
En Nuclear sí, Biovac-N realizó un emotivo recuerdo a dos nombres de la escena musical alternativa española recientemente fallecidos: Víctor Abundancia, líder de Los Coyotes, y José Costas Peón (Peón Kurtz), miembro fundador de Def Con Dos. El tema continúa siendo una de las provocaciones características del ideario del Aviador. En la España de los ochenta, marcada por la Guerra Fría y el miedo al apocalipsis atómico, defender las posibilidades de la energía nuclear era una forma de situarse fuera de cualquier consenso cómodo. En la actualidad, el cambio climático, la seguridad del suministro eléctrico y el creciente consumo energético de los centros de datos han reabierto aquel debate, con sus ventajas, riesgos y contradicciones.
El tramo final, con Selector de frecuencias, Himno aéreo y Vivir para morir, preparó el terreno para unos bises que recuperaron el espíritu más lúdico y mutante: CTA 102 disfrazado de Godzilla, como si el célebre monstruo japonés se hubiese escapado de un videoclub ochentero y atravesara un agujero de gusano para terminar bailando entre sintetizadores.
Al terminar el concierto, la sensación de haber asistido a algo más que un ejercicio de nostalgia electrónica flotaba en el ambiente. Los Obreros Especializados continúan al pie de la cadena de montaje, con los circuitos creativos plenamente operativos fabricando himnos para una sociedad mutante.
El futuro no ha llegado tarde. Simplemente, ellos llegaron demasiado pronto.
